jueves, 3 de noviembre de 2011

JUVENTUD SIN TRABAJO Y SIN ESTUDIOS

FOTO : Protesta de Indignados en Madrid.



Un informe del Instituto Argentino de Análisis Fiscal ( IARAF), basado en datos oficiales, que se divulgó poco antes de las elecciones del 28 de octubre, confirmó que son 323.500 los jóvenes, que habitan en 31 centros urbanos relevados por el Indec, los afectados por la falta de empleo. Podría aceptarse que este drama que persigue a los jóvenes no es patrimonio sólo del país, que es una especie de azote que está castigando al mundo y, dadas sus características, constituye el factor humano y el sector etario que promovió las rebeliones en el mundo árabe, formando parte, al mismo tiempo y del mismo modo, de las multitudinarias manifestaciones de protesta contra el sistema en Europa y en los Estados Unidos.
Pero esa realidad no es ningún consuelo. Porque el cuadro descripto se agrava aún más cuando se toman en cuenta otras 727.145 personas de entre 15 y 24 años de edad que no sólo no trabajan sino que tampoco estudian. De ese total, 529.676 no buscan ni les interesa ocupar puestos de trabajo. Son los que deambulan de aquí para allá, excluidos y al mismo tiempo con una especial carga de resentimiento que los convierte en gente de protesta permanente o de peligrosa insatisfacción, porque el Estado y los representantes de la vida pública no se ocupan de ellos.
Más datos muestran que aquellos que consiguen un posicionamiento laboral lo logran precariamente y en la informalidad. Así, entre los adolescentes ocupados entre 15 y 18 años, el 84 por ciento no está registrado. No tienen protección de ninguna naturaleza.
Esta fragilidad que soportan por supuesto que no los hace “únicos” en las limitaciones sociales argentinas. En la discusión del Presupuesto 2012 un sector de la oposición demostró que más del 52% de la fuerza laboral total del país está fuera del ámbito de aplicación de los periódicos aumentos salariales por ausencia de políticas redistributivas del Gobierno. Las negociaciones colectivas de trabajo, desde su impulso en el 2003 tuvieron un impacto limitado en el conjunto de los trabajadores. Si se siguen relevamientos de fuentes gremiales, el 70% del global de los ocupados, el 60% de los asalariados y el 30% de los registrados no están contemplados en los acuerdos de las negociaciones colectivas.
¿Por qué se ha llegado a ésta condición en la que pierden muchos y particularmente los jóvenes? Los subsidios han ayudado a paliar los abismos que se abrieron tras el colapso del 2001. Pero no resultan suficientes porque es evidente que falta una política de reforma estructural de todo el sistema. Los jóvenes que no estudian ni trabajan no lo hacen, en primer lugar, porque la escuela primaria o el colegio secundario los aburren y no los contienen, porque la enseñanza es universalista, porque no se ofrecen alternativas prácticas, oficios y profesiones que les posibiliten una rápida inserción en el mundo del trabajo.
O bien que la escuela sirva de trampolín para otras renovadas posibilidades en la vida. Faltan escuelas técnicas. Si ya venía arrastrando una crisis de décadas, el período de la dictadura militar y del menemato (los años noventa) las anuló por completo al privilegiar los productos fabricados en el exterior que llevó al cierre de numerosos establecimientos.
Por otro lado, el mercado está exigiendo experiencia y destreza para el ingreso a un destino laboral. Dos cualidades que los jóvenes carecen. En último término, cuando les abren la puerta es para mantenerlos ocultos, con remuneraciones bajísimas. Los gastos de transporte y de alimentación fuera de sus casas absorben todo lo que pueden ganar en un mes.

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